Cada vez más la sociedad actual empieza a concienciarse de la importancia de las emociones y de su correcta identificación y gestión. Al hablar de ellas seguramente todos pensemos en las básicas: alegría, tristeza, enfado, miedo, asco y sorpresa, aunque existen muchas más. Son universales, y eso implica que todas las personas, sin excepción, las sentimos. En el artículo de hoy hablaremos de la emoción del enfado, una de las más conocidas y que genera un elevado nivel de malestar.

Aunque el motivo por el cual surge el enfado difiere de una persona a otra, el significado es el mismo: sentirnos amenazados, ya sea físicamente, hacia nuestro amor propio, nuestra valía o nuestra autoestima. A partir de ese momento surgen una serie de pensamientos obsesivos que provocarán una irritación cada vez más intensa, pues nos dotarán de “buenas razones” para persistir en nuestro enfado. Si no se gestiona la emoción de una forma adecuada puede surgir un estallido, momento en el cual la persona arremete contra el origen de su enfado. Un ejemplo sería cuando dos personas discuten y finalmente acaban gritando, o cuando alguien golpea el ordenador porque va muy lento.

Tal y como hemos comentado, las emociones son naturales y universales. Esto implica que no debemos tratar de evitarlas, sino aprender a gestionarlas correctamente. En función de la intensidad del enfado deberemos intervenir de una forma u otra, y para ello es importante que aprendamos a identificar los pensamientos que acompañan su aparición. Si el enfado es moderado podemos aplicar la técnica del enfriamiento, que consiste en emplear distractores o retirarnos a otro espacio hasta que la intensidad disminuya. Entre las actividades que nos pueden ayudar a alcanzar este objetivo están la relajación, el ejercicio físico, ver la televisión… Siguiendo con uno de los ejemplos citados anteriormente: imaginemos que hemos tenido un mal día y que cuando estamos en casa nuestro compañero de piso nos llama la atención por algo que hemos hecho y que le ha molestado. En ese momento pueden surgir pensamientos negativos que alimenten nuestro enfado y que, si no lo gestionamos adecuadamente, puede desembocar en un estallido y en un conflicto con nuestro compañero. Llegado este punto, es preferible que apliquemos la técnica del enfriamiento y que, cuando estemos más tranquilos, solucionemos el problema asertivamente, o, lo que es lo mismo, que defendamos nuestro punto de vista respetando, a su vez el de la otra persona.

Es importante aprender a gestionar adecuadamente nuestras emociones, pues de lo contrario pueden aparecer reacciones físicas y psicológicas que nos generen un elevado nivel de malestar y que pueden desembocar en problemas de mayor envergadura a largo plazo. Por ello, es importante que nos pongamos en manos de un profesional que nos ayude a gestionarlas de una forma eficaz y prevenir, así, dificultades largo plazo.