Empieza la época de exámenes y con ella un periodo de tensión y ansiedad que afecta no sólo a los más pequeños sino también al sistema familiar. Toca dar el “último empujón” y pese a estar muchas horas delante del libro los resultados obtenidos no son los esperados. A partir de ese momento surgen los conflictos familiares y un incremento del malestar en todos sus miembros.

Muchos padres acuden a consulta preocupados por este hecho. Refieren que sus hijos pasan muchas horas intentando estudiar y que la mayor parte de ese tiempo no es “de calidad”. Un bajo rendimiento académico puede estar originado por múltiples factores: dificultades concretas en un área, falta de hábito, técnicas de estudio deficitarias…. Pero, sobre todo, suele esconder un malestar emocional que afecta a su capacidad atencional, memorización, motivación y capacidad de afrontamiento.

Para comprender mejor como este malestar puede afectar a su bajo rendimiento debemos tener en cuenta un factor biológico. El cerebro humano no deja de desarrollarse hasta bien finalizada la adolescencia, momento en el que alcanza el tamaño de un cerebro adulto y termina de desarrollarse la corteza frontal. Esta parte del cerebro es la encargada de controlar el razonamiento, la toma de decisiones y el control emocional.

Hasta que se produzca este desarrollo, el comportamiento de todos los niños y adolescentes se encuentra guiado por las emociones que experimenta a cada momento, que, además, se viven con gran intensidad. En la misma línea hay que tener en cuenta que la resolución de conflictos a estas edades suele ser muy deficitaria, por lo que cualquier desavenencia se vive de forma más intensa y genera un mayor número de emociones negativas.

Un bajo rendimiento académico suele surgir como una consecuencia de una mala gestión emocional, que le impide poner todos sus recursos cognitivos (memoria, atención…) a disposición del estudio. Los menores se sientan “a estudiar” pero la gran intensidad de sus emociones y su falta de recursos para hacer frente a las dificultades les impiden aprovechar el tiempo y emplearlo de forma eficiente.

Ante estas situaciones se recomienda acudir a un especialista que evalúe las necesidades de cada niño o adolescente y le dote de herramientas para gestionar de forma adecuada sus emociones. Con ello, el rendimiento académico y su calidad de vida mejorarán. Sin embargo, si obviamos esta parte, pueden surgir consecuencias de mayor gravedad (como puede ser ansiedad, baja autoestima, depresión…) que conlleven un nivel de malestar superior que se extienda a diversas áreas de su vida.

Si crees que este puede ser el caso de tu hijo/a no dudes en ponerte en contacto con nosotros. Vuestro bienestar es nuestra prioridad.